Evangelicae Historiae Imagines

NADAL, J.: Evangelicae Historiae Imagines. 1593.

(Prólogo de Diego Jiménez)

19.2 Cuando introdujo en las imágenes alguna cosa que no se lee en los Evangelios (como por ejemplo, que el día en que Nuestro Señor se encarnó coincidió con el día de la creación del mundo, el de la muerte de Cristo y el del Juicio Final, o que en el momento de la Anunciación fue enviado un ángel para comunicárselo a los habitantes del Limbo, o que el Niño Jesús vivió de limosna durante los tres días en que le perdieron sus Padres), has de saber que estos pequeños detalles los añadió tomándolos de los muchos que parecen en los santos padres muy a propósito para excitar la devoción del que medita; los cuales, aunque no aparecen en los Evangelios, no deben considerarse como extraños, sino que resultan muy verosímiles. Si en las anotaciones y más frecuentemente en las meditaciones se refiere a los hombres religiosos, la razón máxima es que en un primer momento no se pensó dirigir esta obra al vulgo, sino para que sirviera a los religiosos de nuestra compañía, especialmente a los jóvenes escolares.

Diego Jiménez escribió el prólogo de las Evangelicae Historiae Imagines hacia 1593 porque en esos momentos era el responsable de la edición, sin embargo los dos principales autores ya no vivían. Se trata de un libro de enorme envergadura por lo que no fue fácil su puesta en circulación. La idea original corresponde a san Francisco de Borja, quien no vivió para verlo acabado. Esa idea fue recogida por Jerónimo Nadal, autor final de los comentarios que aparecen en el libro y que fueron escritos entre 1573 y 1574.

Grabado por Anthoine Wiericx.

Jerónimo Nadal nació en Mallorca en 1507. Cuando estudiaba en la universidad de Alcalá de Henares conoció a Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, con quien inició una buena amistad que continuó durante la estancia de ambos en la Universidad de París. Tras un paso por Roma ingresó en la Compañía donde colaboró con san Ignacio, entre otras cosas, en la redacción de las Constituciones de la misma y fue nombrado Vicario por el fundador.

Su obra más importante son las Evangelicae Historiae Imagines, publicadas tras su muerte por Diego Jiménez en 1593, autor del prólogo del que forma parte el texto que nos ocupa. En él se explica porqué Jerónimo Nadal introdujo ciertos comentarios a episodios de la vida de Cristo que no encontramos en los Evangelios, pero si están justificados por ser muy verosímiles, sobre todo para los hombres religiosos a quienes, en realidad, va dirigido el libro.

El libro tiene una evidente orientación pedagógica. Se trata de toda una serie de comentarios que siguen las lecturas del Evangelio y se acompañan de grabados que las ilustran, en la primera edición había 153 láminas incluidas, dibujadas por los siguientes pintores: Bernardino Passeri, Giovanni Battista de Benedetto Fiammeri, Martin de Vos, Hieronymus Wiericx y Johan Wiericx. La función del mismo viene descrita en la introducción que redactó Francisco de Borja, cuando escribió los comentarios originales (1) :

(…) para hallar mayor facilidad en la meditación se pone una imagen que represente el misterio evangélico, y así, antes de comenzar la meditación, mirará la imagen y particularmente advertirá lo que en ella hay que advertir, para considerarlo mejor en la meditación y para sacar mayor provecho de ella; porque el oficio que hace la imagen es como dar guisado el manjar que se ha de comer, de manera que no queda sino comerlo; y de otra manera andará el entendimiento discurriendo y trabajando de representar lo que se ha de meditar, muy a su costa y con trabajo.

Es decir, estaba destinado a reforzar las meditaciones de los hermanos jesuitas: “(…) para excitar la devoción del que medita (…)”, de tal manera que no se hiciese necesario el esfuerzo mental de imaginarse los hechos descritos en el Evangelio, para eso ya estaban las imágenes. Los destinatarios eran pues los propios religiosos de la Compañía, en especial los jóvenes estudiantes, y no los laicos, ya fuesen estos gentes preparadas o poderosas o, simplemente, del “vulgo”.

Son los tiempos de la Contrarreforma. Apenas queda rastro de los primeros seguidores de Erasmo de Rotterdam en España. Los erasmistas renegaban del exceso de ornato en las iglesias, opuesto al espíritu mucho más piadoso del primitivo cristianismo, pues el aumento en el número de imágenes podía llevar incluso a la distracción de los fieles durante el oficio. Frente a este sentir se situó la iglesia española, que se apuntó al uso de las imágenes como medio para difundir entre el pueblo llano las enseñanzas que se sacaban de los escritos sagrados. En este sentido ya el Concilio de Trento había dictado decreto en 1563:

Enseñen con esmero los Obispos que por medio de las historias de nuestra redención, expresadas en pinturas y otras copias, se instruye y confirma el pueblo recordándole los artículos de la fe, y recapacitándole continuamente en ellos: además que se saca mucho fruto de todas las sagradas imágenes, no sólo porque recuerdan al pueblo los beneficios y dones que Cristo les ha concedido, sino también porque se exponen a los ojos de los fieles los saludables ejemplos de los santos, y los milagros que Dios ha obrado por ellos, con el fin de que den gracias a Dios por ellos, y arreglen su vida y costumbres a los ejemplos de los mismos santos; así como para que se exciten a adorar, y amar a Dios, y practicar la piedad.

De esta manera, la Contrarreforma encontró un muy efectivo método para difundir su espíritu. En este contexto y en este pensamiento deben situarse las Evangelicae Historiae Imagines, donde la fijación iconográfica se consigue al seguir el texto de Jerónimo Nadal y las interpretaciones de las estampas del padre Diego Jiménez. En este caso el valor estético de la imagen, que lo tiene, queda supeditado al de la devoción y la catequesis. Cuando el libro se difundió por todo el mundo, saliendo de las celdas de la Compañía, contribuyó en gran medida a la difusión del espíritu del referido Concilio de Trento.

Sin embargo, personalmente creo que aunque por una parte este libro se ajustó a los términos de dicho concilio, por otra no deja de estar, en cierta manera, imbuido por cierto espíritu erasmista, ya haya sido de forma deliberada o no. Al fin y al cabo no deja de ser una obra para utilizar en la intimidad de la meditación diaria: el padre jesuita encerrado en su cuarto a solas con las estampas. Esto no deja de tener relación con la piedad reflexiva de Erasmo y la corriente llamada devotio moderna, que se desarrolló y expandió desde el norte de Europa.

Las élites europeas solicitaban devocionales para utilizarlos en privado, en casa, llegando así a un “cristianismo interior” que, personalmente, creo que está más cerca de las Evangelicae Historiae Imagines que de los grandes retablos cubiertos de imágenes que por aquel entonces conquistaban todas las naves de catedrales, de iglesias y de ermitas.

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NOTAS

(1) El libro original de fue publicado por Federico Cervós en 1912 con el título El Evangelio Meditado.

BIBLIOGRAFÍA

GARCÍA MELERO, J. E. y URQUÍZAR HERRERA, A.: Historia del Arte Moderno: Renacimiento. Editorial Universitaria Ramón Areces, Madrid, 2010.
SCHLOSSER, J. von: La literatura artística. Manual de fuentes de la historia moderna del arte. Madrid, Cátedra, 1986.

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