Causas de la Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial. Causas de la misma.

Introducción

El 28 de julio de 1914 el heredero del trono del imperio Austro-Húngaro, el archiduque Francisco Fernando, de los Habsburgo, y su esposa, Sofía Chotek, fueron asesinados en Sarajevo, capital de Bosnia-Herzegovina. El asesino, llamado Gavrilo Princip, no era más que un adolescente, pero también era un terrorista miembro del grupo Joven Serbia, muy cercano a la Mano Negra, grupo paramilitar nacionalista apoyado por el gobierno de Serbia.

Este hecho, identificado como el detonante o causa inmediata del inicio de la Primera Guerra Mundial fue, sin embargo, un compendio de todas las circunstancias que confluyeron en ese lugar y en ese momento dado para que el conflicto se iniciase: la llamada “carrera armamentística”, los espíritus nacionalistas y las rivalidades económicas y políticas iniciadas y mantenidas por todas las llamadas “potencias europeas”.

La Paz Armada

Además de las razones antes expuestas y que desarrollaremos más adelante, también debe tenerse en cuenta un aspecto importante en razón a las relaciones políticas entre estados durante el periodo que va de 1871 a 1914, la llamada Paz Armada. Estos años se caracterizaron por la ausencia total de conflictos armados en Europa, pero si existía una especie de sensación de amenaza latente por la cual la guerra podía llegar en cualquier momento.

Mientras tanto los ciudadanos europeos frivolizaban sobre la vida y vivían en un constante desenfreno. No se daban cuenta, o no querían darse cuenta de que en el terreno político se estaban creando una serie de “alianzas” que llevaron a la formación de dos grandes grupos o bloques político-militares, que finalmente se enfrentaron en la Gran Guerra.

Alianzas militares europeas en 1914.

Las alianzas

Alemania, bajo el mando del Canciller Otto von Bismarck, creó el Imperio alemán en 1871. Para evitar que el resto de Europa, sobre todo sus vecinos franceses, se uniesen contra él, logró que Francia se enfrentase a Gran Bretaña por cuestiones coloniales. Además consiguió que se le sumara el imperio Austro-Húngaro sin grandes problemas y fue capaz de arrimar a su bando a la recién unificada Italia, para lo cual apoyó sus reivindicaciones fronterizas contra Francia en el Mediterráneo e hizo que se olvidaran de sus problemas con Austria en el sur de los Alpes. De esta manera Bismarck estableció la Triple Alianza, formada por Alemania, Austria-Hungría e Italia.

Las otras dos grandes potencias, el Reino Unido y Rusia, mantenían un delicado equilibrio con Alemania gracias al tratado que el Canciller alemán había cerrado con los rusos en 1881. Con esta firma Gran Bretaña estaba tranquila en lo que respecta a sus intereses económicos continentales y globales, pues tanto Francia como Rusia se mantenían bajo el control de una misma potencia central como era Alemania.

Pero a Bismarck le quedaba un “punto caliente” en Europa: los Balcanes. Una precaria paz existía en esta zona gracias al tratado acordado en el Congreso de Berlín de 1878, según el cual quedó dividida en dos partes: el sur, con influencia y apoyo ruso, y el norte, bajo el protectorado de Austria-Hungría. En esta región, correspondiente a Bosnia-Herzegovina, quedaron importantes masas de habitantes serbios.

En 1890 Bismarck dimitió como Canciller de Alemania por presiones del emperador Guillermo II. Este hecho sería trascendental durante las siguientes décadas, pues sus sucesores fueron incapaces de mantener el tratado de colaboración con Rusia, pasando el Imperio alemán, ante los ojos rusos, de ser un aliado a representar una amenaza. De esta manera, en 1891, Rusia firmó una alianza militar opuesta a la Triple Alianza, la llamada Doble Entente, solo un año después de romper con Alemania.

Así pues únicamente quedaba una “gran potencia” fuera de este juego de alianzas: el Reino Unido. A pesar de que su tradicional enemigo había sido Francia, en ese momento los británicos estaban más temerosos de Alemania. ¿Por qué? Porque el Imperio alemán, que ya tenía el más potente ejército terrestre del mundo, estaba en disposición de crear una gran fuerza naval capaz de rivalizar con Gran Bretaña en el dominio de todos los mares. Por ello en 1904 creó una relación con Francia llamada “entente cordial”, para solucionar sus discordancias en relación al tema de las colonias africanas. En 1907 se les unió Rusia, aliviada por firmar un acuerdo con los británicos respecto a sus diferencias en las fronteras de Persia y Afganistán y, sobre todo, tras la dolorosa derrota contra Japón que casi lleva al país a la revolución. De esta manera se formó el segundo gran bloque europeo: la Triple Entente.

La otra clásica potencia europea, España, aún se relamía de las heridas causadas por la pérdida de todos sus territorios del Pacífico tras la guerra contra Estados Unidos. Éstos, al igual que Japón, como potencias emergentes que eran, quisieron unirse al banquete y posible reparto posterior de posesiones y, sobre todo, de influencias.

Los grandes ejércitos

En paralelo o como consecuencia de estos movimientos geopolíticos, las diferentes naciones se enfrascaron en una loca carrera por el crear el mayor de los ejércitos posibles, lo cual derivó, inevitablemente, en un aumento del peligro de conflicto abierto. A pesar de los avances en telecomunicaciones y en armamento de infantería y artillería, el mayor temor de las élites militares era el tamaño del ejército enemigo, lo cual venía derivado, lógicamente, del número de habitantes de cada estado. Por ello se siguieron políticas de reclutamiento en tiempos de paz: en Alemania, gracias al servicio militar obligatorio de tres años se formó un ejército no solo numeroso, alrededor de 800.000 hombres, sino mejor preparado para entrar en combate. A esto se le unió la construcción de una importante fuerza naval que obligó a Gran Bretaña a modernizar la suya. Francia aumentó el periodo de servicio militar obligatorio a tres años, con lo que alcanzó la cifra de 700.000 soldados al comienzo de la Guerra.

El nacionalismo y el pueblo

Para encontrar las raíces del movimiento nacionalista ocurrido en Europa a finales del siglo XIX y principios del XX, debemos remontarnos a 1815, año en el que se celebró el Congreso de Viena. En él las fuerzas más reaccionarias y partidarias del mantenimiento de los derechos dinásticos, echaron por tierra las ideas surgidas de la Revolución Francesa y de las posteriores guerras napoleónicas, ideas según las cuales los pueblos con el mismo origen étnico tenían derecho a formar un estado propio e independiente.

Así muchos pueblos con deseos nacionalistas quedaron bajo la tutela o el dominio de otros países u otros reyes o príncipes. De esta manera aparecieron lo que se ha venido a llamar “naciones sumergidas”, que podían representar a pueblos y territorios extensos como Irlanda en el Reino Unido o Polonia en el Imperio alemán. A ello se debe sumar el hecho de que en estas “naciones sumergidas” existía un problema revolucionario siempre presente con mayor o menor evidencia.

A pesar de que muchas decisiones del Congreso de Viena fueron más tarde anuladas, ya por medios pacíficos o por revoluciones violentas, hubo algunos conflictos que se quedaron sin resolver y que, entrado el siglo XX, aún se mantenían a flor de piel entre los habitantes de esas zonas, en especial se debe citar el caso de los pueblos eslavos: rumanos, eslovacos, croatas, checos, eslovenos, serbios…

A pesar de todo esto cuando en 1914 estalló la Guerra, los distintos gobiernos involucrados se sintieron respaldados por sus pueblos. La guerra ya no era una cuestión solamente de estado, era una cuestión ciudadana, de un pueblo que durante un siglo había sido adoctrinado en el amor a sus valores nacionales y diferenciadores. A ello contribuyó, sin duda, la imposición del servicio militar obligatorio antes comentado. El naciente sentimiento pacifista llegó a ser considerado como decadente, alejado de la fuerza y de la lucha entre diferentes nacionalidades que había traído, según esas posturas, el desarrollo económico y el progreso social.

Este adoctrinamiento del pueblo en defensa de lo “nacional” se dio de la misma manera en la Europa occidental y en la oriental. En la primera desde los artistas hasta el aburrido obrero de una fábrica se sintieron identificados con la lucha, con la guerra liberadora; en el oriente europeo fue el superviviente sentimiento feudal el que hizo que unas masas prácticamente analfabetas siguieran los designios de su señor o de su representante religioso.

Los imperios económicos

Este nacionalismo se llevó también al terreno económico, sobre todo en lo que al comercio colonial se refiere. Gran Bretaña, Francia y Alemania, por este orden, se habían beneficiado de la Revolución Industrial iniciada en el siglo XVIII, pero a principios del siglo XX tenían unos importantes excedentes de manufacturas que debían colocar fuera de Europa, especialmente en África donde los conflictos entre estos países estuvieron a punto de originar una guerra durante la primera década.

Los Balcanes

Con estas premisas militares, sociales y económicas debemos situarnos en el año 1914 y en la región de los Balcanes, la más temida ya por Bismarck. En Serbia un golpe de estado colocó en el poder a un gobierno claramente beligerante con el imperio Austro-Húngaro y, por extensión, con Alemania. En 1908 la doble corona se anexionó definitivamente el territorio de Bosnia-Herzegovina. Ante esta agresión el gobierno serbio colaboró en la formación de un grupo terrorista llamado la Mano Negra, cuyo objetivo era la liberación de todos los serbios que viviesen en territorios “ocupados”. Además, Serbia se vio involucrada, formando parte de la Liga Balcánica, en la guerra de 1912 contra los turcos y en la posterior por el reparto de las zonas liberadas. Así los serbios vieron como creció su población y su territorio, dándoles aliento para desear tener más poder en Europa.

La Guerra

De esta manera llegamos al 28 de julio de 1914, con el magnicidio de Sarajevo, al que responde Austria, con el beneplácito de Alemania, lanzando una amenaza final a Serbia, a la que no responde y por lo cual el imperio Austro-Húngaro declara la guerra el mismo 28 de julio; Rusia no podía permitir un ataque a Serbia, su aliado, y por extensión a los pueblos eslavos y por ello el 30 de julio el zar Nicolás II moviliza a todas sus tropas; la opinión pública en Francia estaba deseosa de entrar en guerra contra Alemania por viejas rencillas como la de Lorena y Alsacia y, finalmente, solo se mantiene al margen el Reino Unido, pero entonces ocurrió lo peor: Alemania, decidida a acabar pronto con sus enemigos, invadió Bélgica el 3 de agosto. Para los británicos esto era una afrenta contra la idea de que los Países Bajos debían ser libres y por ello, el 4 de agosto de 1914 declararon la guerra al Imperio alemán. Había comenzado la Primera Guerra Mundial o, más exactamente, la Gran Guerra.

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BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA

RIVAS, Lucía (Coordinadora), CASANOVA, Marina, GARCÍA QUEIPO DE LLANO, Genoveva, SEPÚLVEDA, Isidro. Historia Contemporánea (Grado de Historia del Arte), Madrid, Universitas, 2010.

HOWARD, Michael. La Primera Guerra Mundial, Madrid, Crítica, 2002.

NÉRÉ, Jacques. Historia contemporánea, traducción de Berta Julia Brugues, Barcelona, Labor, 1977.

PALACIOS BAÑUELOS, Luis. Manual de Historia Contemporánea, Madrid, Dilex, 2003.

es.wikipedia.org

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