Alma en suplicio

Alma en suplicio (Mildred Pierce, 1945)

Sinopsis: Mildred Pierce (Joan Crawford) es un ama de casa recién divorciada de Bert (Bruce Bennett). La circunstancia es aprovechada por Wally Fay (Jack Carson) el ex socio de aquel para intentar hacerse con Mildred, quien debe ponerse a trabajar de camarera para poder vivir y dar todo lo que pidan a sus dos hijas: Veda (Ann Blyth) la mayor y Kay (Ann Marlowe), la pequeña. Con el tiempo y la ayuda de Wally consigue levantar una gran empresa de restaurantes, aunque su mayor preocupación sigue siendo la relación que mantiene con Veda, su egoísta hija. En su vida aparece un aristócrata venido a menos llamado Monty Beragon (Zachary Scott) del que se enamora, algo que también parece ocurrirle a Veda. De pronto muere Kay y entonces todo queda para Veda, que se hunde en una vida de lujo guiada por Monty y mantenida económicamente por Mildred. Una de las discusiones con su hija acaba con ésta en la calle pero, arrepentida, Mildred se casa con Monty para conseguir la vuelta de Veda; el precio que pone el antiguo millonario es un tercio de los negocios. Todo estalla cuando Mildred, arruinada por culpa de Veda y de Beragon, los descubre besándose. La joven piensa que Monty se casará con ella tras dejar a su madre, pero al ver que las intenciones del aristócrata no son esas lo mata de varios disparos. Mildred, al descubrirlo, protege una vez más a su hija e intenta que la policía acuse a Wally. En la comisaría tanto Bert, creyendo culpable a su ex mujer, como Mildred, para evitar que acusen a Veda, se declaran culpables. Finalmente todo se descubre.

Alma en suplicio comenzó a rodarse en el mes de diciembre de 1944 y finalizó en marzo de 1945. Jack L. Warner, uno de los hermanos propietarios del estudio Warner Bros., decidió retrasar su estreno hasta que la Segunda Guerra Mundial acabó definitivamente. En esta breve descripción se encierran algunas de las claves necesarias para entender no solo este film, sino el cine que en Hollywood se hacía durante esas décadas.

Tras los devastadores efectos que tuvo la crisis de 1929 en Estados Unidos, se hacía necesaria una renovación total, una revisión socioeconómica y, sobre todo, una inyección de moral en la ciudadanía de ese país. El entonces presidente Franklin Delano Roosevelt quiso responder a estos retos con un gran “pacto” a nivel nacional y en todos los ámbitos. ¿Cómo afectó esto al cine? Entre otras cosas atacando el monopolio de las grandes industrias.

El New Deal, nombre dado a ese gran pacto, tuvo una influencia directa en la producción cinematográfica de Hollywood, pues limitaba el monopolio, el trush, según el cual un estudio podía producir, distribuir y proyectar una misma película, el llamado Sistema de Estudios. A través del “código Hays”, una serie de normas firmadas en 1934 por los productores de cine y el gobierno que delimitaban lo que se podía ver y lo que no en los cines estadounidenses, no solo se controlaba el funcionamiento económico de los estudios, sino que se aseguraba un determinado “discurso único”. Éste fue variando dependiendo de las circunstancias: crisis de 1929, Segunda Guerra Mundial y postguerra, circunstancias estas dos últimas que trajeron prosperidad.

Cartel de la película.

Así nos encontramos en 1945, año en que se estrenó Alma en suplicio. Uno de los grandes estudios, adheridos al “código Hays”, era el de los hermanos Warner: Warner Brothers Entertainment, más conocido por su abreviatura Warner Bros. Esta compañía había dado un importante giro a su estilo de películas ya en los años treinta, cuando prácticamente dejó de producir musicales para centrarse en temas más realistas o en grandes producciones de aventuras. Siguiendo el aludido “código” durante la Segunda Guerra Mundial ayudó, como el resto de estudios, a elevar la moral ciudadana e imbuir a todo el país de “americanismo”. Con el final del conflicto las necesidades fueron otras.

Gracias al Sistema de Estudios las grandes compañías habían hecho largos contratos a directores que trabajaban para ellas prácticamente a sueldo y en exclusiva. Muchos de estos directores eran europeos, y entre ellos estaba el húngaro Mano Kerstez Kaminer, rebautizado como Michael Curtiz por Harry Warner, quien le contrató para su estudio en 1926. Otra de las personas fijas de la compañía era el productor Jerry Wald, que ya había hecho películas del calibre de Los violentos años veinte (The Roaring Twenties, 1939) o El hombre que vino a cenar (The Man Who Came to Dinner, 1942). Wald decidió entregarle al director húngaro su nuevo proyecto: Alma en suplicio. Michael Curtiz, ya con un estilo propio que había marcado el de la Warner, se encontraba en el apogeo de su carrera, sobre todo tras el éxito de películas como Robín de los bosques (The Adventures of Robin Hood, 1938), El halcón del mar (The Sea Hawk, 1940) o la exitosa Casablanca (1942), premiada con el Óscar a la mejor película en 1943.

Así estos dos “empleados” de Warner Bros. se encontraron frente a la novela Mildred Pierce, escrita por James M. Cain y publicada en 1941. Para Wald la historia tenía enormes posibilidades, pero también era necesario que cayese en manos de un buen guionista o guionistas, muchos de los cuales trabajaban a sueldo para la compañía. La primera opción fue Catherine Turney, quien abandonó el proyecto por diferencias de criterio con Wald. Tras varios e infructuosos intentos de contratar al propio escritor el trabajo acabó en manos de Ranald MacDougall, en colaboración con otros guionistas.

Sin embargo la adaptación fue complicada pues la novela de Cain contenía una serie de particularidades que no encajaban en el modelo habitual de Hollywood por aquellas fechas, entre otras el hecho de que los personajes, incluido el de Mildred, eran todos de una moralidad digamos… dudosa. Por lo cual se suavizaron sus caracteres y se definió claramente la diferencia entre buenos y malos siguiendo la máxima: “Es bien sabido que en una película de éxito la audiencia tiene que identificarse con algún personaje positivo y rechazar los negativos” (1). Además en esta última versión del guión se cambió la época en que transcurre la historia, acercándola más a 1945, y se mantuvieron el flashback, la voz en off y el asesinato inicial que había propuesto Jerry Wald desde el principio.

Esas últimas características son propias del llamado “cine negro”, género en el podríamos colocar Alma en suplicio. Y es cierto que comparte algunas características temáticas con él: un protagonista que representa al antihéroe, aunque en este caso el papel recae en una mujer; este héroe suele acabar en una espiral de perdición tanto económica como social, algo que sí cumple Mildred; en el cine negro aparecen mujeres codiciosas que no se detienen ni tan siquiera ante un crimen, rol que queda en manos Veda, la hija mayor de la protagonista; los triángulos amorosos, que esta película se representan con Mildred, Veda y Monty…

Pero también se podría situar a este film dentro del género del melodrama, al que lo unen rasgos como la lucha de clases, reflejada en la propia Mildred y su segundo marido Monty; el vínculo con su primer esposo, incluido el divorcio; o la relación con sus hijas, manifestada en el exagerado proteccionismo hacia ellas, en el sufrimiento por la enfermedad y muerte de la pequeña Kay y, sobre todo, en la tormentosa y degradante unión con la mayor, Veda, el hilo argumental omnipresente en toda la película que consigue hacer que ésta avance no según los designios de Mildred, sino según los caprichos de su viperina hija.

Así podríamos definir Alma en suplicio como un melodrama clásico pero no el clásico melodrama. Quizá se la pueda llamar “melodrama negro”, ya que comparte elementos de ambos géneros.

En uno de los apartados en los que esta ambivalencia se ve más clara es en la luz y en los encuadres, en la fotografía. La diferencia que se observa entre las primeras secuencias, las del asesinato, o las últimas en la comisaría, en las cuales predomina la oscuridad, y todas las que se desarrollan en el flashback, con una luz más homogénea y neutra, sirve para remarcar el distinto carácter psicológico y ambiental de esas situaciones. Esta forma de iluminar y encuadrar había llegado a Hollywood en el equipaje de los directores y técnicos europeos, sobre todo los del este del continente, influenciados por el Expresionismo. Este estilo artístico se vio reflejado en las películas melodramáticas y en las de cine negro rodadas en las décadas de 1940 y 1950, algo a lo que Curtiz no fue ajeno.

Tanto el productor Jerry Wald como el director Michael Curtiz, tuvieron mucho cuidado a la hora de elegir al operador, al director de fotografía. Finalmente el puesto fue ocupado por Ernest Haller, que ya había demostrado su talento en películas como Jezabel (1938), Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939) o El cielo y tú (All This, and Heaven Too, 1940). El resultado fue una iluminación extraordinaria con sombras, elaborados claroscuros, reflejos luminosos en las pareces y en los techos, siluetas recortadas por potentes contraluces… Uno de los mayores logros de la fotografía de Alma en suplicio es la manera en que consiguió captar los primeros planos de Joan Crawford, en los que aparece relajada, muy lejos de la sobreactuación a la que varias escenas podían haberla llevado, pero que solucionó con la potencia de su mirada. Todo ello creó una atmósfera a la que acompaña perfectamente y sin estridencias, la música de Max Steiner, compositor de origen austriaco ganador de tres Óscar por El delator (The informer, 1935), La extraña pasajera (Now, Voyager, 1942) y Desde que te fuiste (Since You Went Away, 1944).

Sin embargo el papel de Mildred no estuvo asignado a Joan Crawford desde el principio. Se barajaron varias posibilidades entre las llamadas “feas” de Hollywood, como Bette Davis o Barbara Stanwyck, opción esta última que parecía ser la que agradaba al productor. Pero entonces Curtiz le hizo una prueba de cámara a Crawford, algo que podría considerarse como una degradación para esa rutilante estrella. Recordemos que ya había protagonizado películas como Encadenada (Chained, 1934) o Un rostro de mujer (A Woman’s Face, 1941). Pero en 1945 estaba recién llegada a la Warner y no solía ser la primera elección, por ello no dudó en someterse a la prueba de Curtiz pues estaba convencida de que el papel sería para ella. Y así fue. En 1945 recibió el Óscar a la mejor actriz por este trabajo.

Seguramente el papel le vino como anillo al dedo, entre otras razones, por los cambios que se estaban produciendo en la sociedad estadounidense desde la década de 1930. Son los años del ya nombrado “americanismo”, cuando triunfaban actores que se identificaban con la América rural, como James Stewart, o que representaban tipos sociales y raciales distintos, por ejemplo James Cagney. Este impulso alcanzó también a las divas de Hollywood, creando una corriente en contra de lo ocurrido en los años 20, dominados por artistas exóticas o aristocráticas que habitualmente, además, eran extranjeras. Las estrellas de cine pusieron los pies en el suelo y aparecieron actrices como Bette Davis, Jennifer Jones o nuestra Joan Crawford, que se comportaban como mujeres cotidianas, emprendedoras y luchadoras reflejando a la América surgida del triunfo en la Segunda Guerra Mundial. Un grupo donde encajaba a la perfección Mildred Pierce, en la que Crawford representó al arquetipo antes mencionado de “mujer americana”, ama de casa y camarera, pero también logró poner cara y cuerpo a la gran señora adinerada. Este papel marcó el inicio de una serie de melodramas llamados “femeninos” y que ella misma protagonizó como Humoresque (1946), Amor que mata (Possessed, 1947) o Flamingo Road (1949). Todas estas películas tienen, sin embargo, un tratamiento estilístico más cercano al cine negro, camino que abrió Alma en suplicio.

Sobre el personaje de Mildred Pierce se podrían escribir páginas y páginas ya que contiene varias caras o facetas del mismo diamante. Su relación con los hombres es, cuando menos, extraña: el amor nunca olvidado hacia Bert, su primer marido, la relación casi mutuamente parasitaria con Wally Fay y no digamos la tumultuosa, exagerada y evasiva aventura con Monty Beragon, su segundo marido. Pero donde todas las contradicciones, alegrías y desdichas de Mildred convergen es en el amor protector y desmedido que siente hacia sus hijas y, en especial, por la mayor, Veda, papel para el que se barajó a Shirley Temple y por el que Ann Blyth fue nominada a un Óscar. Veda se convirtió en un personaje odioso por su crueldad, egoismo, clasismo… Pero entonces nos aparece la duda de si todo ello no es culpa de la misma Mildred. Algo que se ve reflejado en el diálogo que mantiene con Bert justo antes de que este la abandone por otra mujer, cuando ella dice que sería capaz de hacer cualquier cosa por esas niñas, aunque hagan el ridículo y él contesta: “¿Si? Pues no podrás llorar por ellas”, a lo que Mildred responde: “Eso también lo haré”. La madre quiere que sus hijas hagan lo que ella desea con tal de satisfacer el orgullo que siente por ellas. Lo cual puede llevar, definitivamente, a criar cuervos.

Pienso que Alma en suplicio es sin duda una película feminista, de personajes femeninos más concretamente. La relación de Mildred y Veda hace que alrededor de ellas fluctuen, como columpios que se acercan y se alejan, los tres hombres. Al ser ésta una película de pocos personajes hace que los masculinos se muestren muy claramente. Ninguno de los tres nos demuestran que estén a la altura de la incansable y abnegada Mildred, ni tan siquiera de llegar a ser igual de pérfidos que Veda, a pesar de que Monty y Wally lo intentan. Por ello la protagonista, turbada por su hija y preocupada por sus negocios, es incapaz de encontrar un hombre que cumpla al menos parte de sus expectativas. En el último plano parece que Bert es su única salida, pero las fregadoras de suelo que aparecen junto a ellos nos hablan, simbólicamente, de un incierto futuro para Mildred.

Con todos estos mimbres Michael Curtiz, como buén técnico que era pues entre otras cosas se dice que nadie movía la cámara como él en Hollywood, construyó una película redonda, ganadora de un Óscar y nominada a otros cinco. Quizá el director resolvió con excesiva premura situaciones que tienen bastante influencia en el desarrollo de la historia como el divorcio de Mildred y Bert, la muerte de la pequeña Kay o los abatares económicos de la protagonista. Los actores y, sobre todo, las actrices hicieron muy bien sus trabajos, componiendo personajes totalmente creibles, apoyados en un guión potente y sin fisuras, aunque algo previsible en su desenlace, que alcanza momentos de muy alto nivel cuando trata los enfrentamientos de Mildred y Veda o las relaciones íntimas con los hombres de la primera. Otro acierto del guión y del propio Curtiz (con permiso de Cain claro) es el modo en que refleja esa época y ese lugar, la California que prospera, con una vida cotidiana que crece en su normalidad: el ir a comer a un restaurante, el automóvil nuevo o, incluso, el tener una casa en la orilla del mar. Es posible que la película siga gustando tanto porque sus ambientes (bar, playa, agencia inmobiliaria), sus situaciones diarias (relaciones amorosas y familiares, trabajo) o sus personajes (empleados, parados, vagos) siguen teniendo plena vigencia en el mundo cotidiano de hoy en día.

Puedes ver el trailer de la película aquí:

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NOTAS

(1) Ton Chapman, Departamento de Guiones de Warner Bros.

BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA

MÉRIDA, PABLO, Michael Curtiz, Madrid, Cátedra, 1996.

RIAMBAU, ESTEVE y TORREIRO, CASIMIRO (Coordinadores), Historia General del Cine, Volumen III, Estados Unidos (1932-1955), Madrid, Cátedra, 1996.

SÁNCHEZ NORIEGA, JOSÉ LUIS, Historia del Cine, Teoría y géneros cinematográficos, fotografía y televisión, Madrid, Alianza Editorial, 2003.

http://www.en.wikipedia.org

http://www.es.wikipedia.org

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