La crisis del siglo XVII

Hasta mediados del siglo XX los historiadores tenían una opinión más o menos común sobre el siglo XVII europeo: es un siglo de crisis. Además no tenían dudas al afirmar que fue una crisis general y que afectó por igual a todos los países. Sin embargo hoy en día, y ya desde los años ochenta de dicho siglo XX existe una importante corriente en el sentido de definir esta crisis como algo que no ocurrió por igual ni en el mismo momento en unas zonas o en otras; además, los distintos factores que favorecieron el desarrollo de la crisis son distintos para un país o para otro.

Entre las mayores autoridades en el estudio de la Edad Moderna como Eric Hobsbawn, Hugh Trevor-Roper o Trevor Aston, existe consenso a la hora de definir el siglo XVII como un siglo de crisis general. En el polo opuesto está, desde los años setenta del siglo XX, Immanuel Wallerstein, quien llegó a afirmar la inexistencia de dicha crisis. Actualmente se ve una crisis general que afectó de distintas maneras a unos países y a otros.

Los orígenes de la crisis del siglo XVII deben buscarse ya en el XVI, pues a finales de dicha centuria comienza a producirse un estancamiento del crecimiento económico. Este parón de la economía viene dado, entre otras cosas, por el final de la expansión europea, que había conseguido crear un importante comercio de ida y vuelta con las colonias, sobre todo las americanas y las asiáticas. A esto se suman las continuas guerras, la caída de la producción agraria y de las manufacturas artesanales e incluso todo aliñado con una mala gestión de la riqueza, lo cual es particularmente palpable en el caso de la monarquía de los Habsburgo en España.

A la “revolución de los precios” del siglo XVI le siguió un periodo de estancamiento o, incluso, de retroceso. Este cambio de tendencia no fue uniforme, sino que se produjo antes en los países del arco mediterráneo y se extendió a los de noroeste de Europa a mediados de dicho siglo, aunque también es cierto que tardó más tiempo en recuperarse.

El sector más afectado por la crisis fue, sin duda, el agrícola. Varios factores se unieron para que esto fuese así. El primero es el del propio clima pues durante el siglo XVII se produce la llamada “Pequeña Edad de Hielo”, lo que trae consigo una secuencia de malas cosechas, que afectaron a una gran masa de gente, pues no debemos olvidar que la agricultura era la principal actividad económica. Además no se desarrollaron nuevas técnicas para aumentar la producción, algo necesario debido al crecimiento de la población ocurrido en los siglos anteriores, por ello lo que se produce en el campo es consumido inmediatamente.

Estas dificultades afectaron particularmente a la industria manufacturera tradicional, aunque curiosamente la crisis agraria y la consiguiente caída de los precios hizo que se liberaran recursos que la población aprovechó para comprar productos manufacturados, estimulando de esta manera soluciones innovadoras que permitieron una mejor adaptación de la actividad industrial a las condiciones del mercado, favoreciendo el desarrollo del capitalismo. Este cambio de mentalidad, al igual que el resto de factores, no se da de una forma homogénea en toda Europa pues las antiguas potencias como España, Portugal o Génova, quedarán al margen de estos cambios debido a razones como el mayor coste de producción o un sistema administrativo más lento e ineficaz.

La gravedad de las dificultades experimentadas durante este siglo dio lugar a que el estado optase por intervenir intensamente en la actividad económica pero con fines únicamente políticos, lo que posteriormente se llamó “mercantilismo”. Se trataba de enriquecer a sus vasallos, potenciando una política proteccionista con el consumo de productos nacionales, y aumentando los ingresos de sus súbditos. Sin embargo el fin de estas medidas era que el incremento de la actividad económica llenase las arcas de la hacienda real, asegurando así el poder y la gloria del rey.

Causa y consecuencia de esta crisis es el estancamiento demográfico. El hambre, debida a las razones antes expuestas, afecta a una gran cantidad de europeos, esto hace que aumente la mortalidad con lo cual disminuyen los matrimonios y, lógicamente, desciende la natalidad. Sumémosle a esta mala alimentación las epidemias y las enfermedades como el cólera o el tifus y un importante rebrote de la peste y tendremos ejemplos como el sur de Europa, donde la población se mantuvo en cerca de 22 millones de habitantes durante los cien años del siglo XVII (1).

Saqueo de Magdeburgo,1631. Esta ciudad alemana es un ejemplo extremo de la crisis del siglo XVII. Pasó de 30.000 habitantes a menos de 5.000 como consecuencia de esta acción. Al final de la Guerra de los Treinta Años no alcanzaba el medio millar.

Además estaban las guerras, que asolaron el continente de forma ininterrumpida, como la “Guerra de los 30 años” que enfrentó a prácticamente todos los estados europeos. En muchos casos el reclutamiento militar era forzoso debido a la falta de voluntarios jóvenes por la baja natalidad antes expuesta. Para mantener estas largas y costosísimas guerras, lejos de buscar soluciones a los problemas del campo, el estado actúa sobre los campesinos, quitándoles tierras y aumentando la presión fiscal.

Para acabar de ajustar esta variable demográfica se deben de tener en cuenta las migraciones masivas que, huyendo de la pobreza y del hambre, abandonan el campo y llevan a las ciudades cantidades ingentes de personas sin ningún tipo de formación y que pasan a engrosar las lista de pobres que se hacinan por la ciudad en unas condiciones de vida totalmente insalubres.

Socialmente la crisis, o las crisis, del siglo XVII produjeron un gran número de revueltas y levantamientos populares como la “Crisis de 1640” en España o la sublevación de “Fronda” en Francia, las cuales tienen fácil explicación: ya se señaló anteriormente la migración masiva del campo a la ciudad que se suma al mal momento por el que estaba pasando la actividad artesanal tradicional, que dejó sin empleo a muchas personas más o menos formadas y sin futuro a los jóvenes aprendices. Esta mezcla hace que los sistemas de ayuda antiguos se vean desbordados y se necesite crear unos nuevos; en la Europa católica del sur se optó por la caridad, mientras que en el norte calvinista triunfa la represión y el trabajo obligatorio.

Ya se dijo antes que la crisis no afectó por igual a unos países o a otros, sobre todo si ponemos como modelos y en contraposición a la Europa mediterránea y a la del noroeste. Tanto Venecia, Portugal o España no supieron mantener la hegemonía mercantil mundial. La república veneciana se vio arrinconada económicamente con la llegada de los holandeses a Asia, que cortaron de forma definitiva las rutas de comercio terrestres a favor de las marítimas en las que eran claros dominadores. El sistema colonial español, basado en la explotación minera con mano de obra indígena, quedó muy afectado por la crisis demográfica que asoló a los indios americanos, aumentando de esta la manera los costes de producción. Unido todo esto al agotamiento de filones y a la mayor autosuficiencia de las colonias hizo que el comercio atlántico hispanoamericano se redujese drásticamente.

Estas circunstancias consagraron el desplazamiento del centro de gravedad económico del comercio internacional hacia el norte del Atlántico europeo.

La potencia naval holandesa hizo que Ámsterdam se convirtiera en la capital económica europea del siglo XVII. Los holandeses crearon nuevas rutas comerciales y mejoraron las ya existentes, sobre todo las dirigidas hacia los países del lejano oriente. En el plano industrial la Europa atlántica busca y encuentra soluciones para salir de la crisis. Entre ellas está el ejemplo de Inglaterra con el desplazamiento de las industrias al campo, reduciendo así los costes de producción. De esta manera el campo aumentó su nivel económico y su dependencia de productos manufacturados de las ciudades que no tenían por qué ser de lujo. También se ayudó a los campesinos con lo cual se vertebró un importante flujo comercial interno.

El siglo XVII es tiempo de cambios políticos. La monarquía estamental se va a ver sustituida por la monarquía administrativa, el estado absoluto. Es también el tiempo de lo que Paul Hazard llamó “Crisis de la conciencia europea”, a finales ya del siglo XVII, que consigue que se superen las ideas escolásticas y se camine hacia la nueva ciencia y, finalmente, la Ilustración.

Así pues debe interpretarse la crisis del siglo XVII como el momento clave de transición del feudalismo al capitalismo. Para demostrarlo estudiosos como Maurice Dobb sostienen que los países que salieron reforzados como Holanda o Inglaterra, se encaminaron hacia la Revolución Industrial del siglo XVIII, mientras que los países dijéramos “perdedores”, sobre todo la monarquía católica de los Habsburgo en España, dejan de ser el centro de la civilización occidental.

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NOTAS

(1) Exactamente 21,7 millones de habitantes entre 1600 y 1700. Fuente: P. Kriedte, Feudalismo tardío y capital mercantil, Barcelona, 1982, pág. 12.

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