El ascenso de los totalitarismos

Por definición el totalitarismo es una forma de gobierno que en teoría no permite la libertad individual y que pretende subordinar todos los aspectos de la vida del individuo a la autoridad del gobierno. El término fue acuñado por el dictador italiano Benito Mussolini en la década de 1920 cuando fundó el estado fascista en Italia. Esta forma de gobierno se basa en la idea de que todo ha de ser controlado por el gobierno, al frente del cual únicamente está un partido político, y dirigiendo éste un líder carismático con facilidad para arengar al pueblo con discursos llenos de demagogia y populismo. Cuando comienza la 2ª Guerra Mundial decir “totalitarismo” era equivalente a decir opresión. Aunque también existieron esos regímenes en Polonia con Józef Piłsudski, en España con Primo de Rivera o Hungría con Miklós Horthy, los casos más destacados y perdurables se encontraban en Rusia, Alemania e Italia.

La Rusia de Stalin

En 1922 quedó constituida la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y en 1924 se aprobaba su Constitución. Uno de los puntos más importantes de dicho texto era que, dentro de la República, solo podía existir un partido político, el Partido Comunista. Con el tiempo el sistema de partido único acabó viciando al Estado y desembocó, en la práctica, en la dictadura del secretario general del Partido. El primero en ocupar ese puesto fue Lenin, pero con su muerte en 1924 comenzó una encarnizada lucha por el poder entre el sucesor natural, Trotsky, y Stalin. Finalmente sería éste último quien en 1929 salió vencedor, dando comienzo a uno de los regímenes más duros de la historia reciente.

Joseph Stalin después de 1943 en uniforme militar con las marcas de los hombros del mariscal de la Unión Soviética. Fotografía publicada en la revista Life.

Una de las mayores controversias a las que se enfrentó el gobierno soviético fue durante el enfrentamiento surgido a la hora de tomar una decisión entre seguir manteniendo las ideas marxistas de la internacional socialista o el socialismo interno de un solo estado. La primera de las teorías fue la defendida Trostky y buscaba la revolución general en todo el mundo, comenzando para ello por unir a los trabajadores europeos bajo una misma idea. De esta manera, se suponía, el socialismo ruso se haría más fuerte. Sin embargo Stalin preconizaba que ello no era necesario, pues Rusia se podía constituir en un único y fuerte estado socialista.

Además estaba la Nueva Política Económica (NEP), desarrollada en los años 20 durante el gobierno de Lenin y que se basaba en una cierta apertura económica, pues permitió la existencia de pequeños propietarios privados tanto en la pequeña industria como en la agricultura. En 1929, cuando Stalin subió al poder todas estas dudas quedaron disipadas. En 1931 finalizó el periodo de la NEP y en 1932 se prohibió la actividad comercial privada.

Desde el punto de vista político en 1936 se certificó legalmente algo que hasta entonces se había estado haciendo de facto, con la firma de una nueva constitución Stalin pasó a ser una figura a la que rendir culto. Todo el poder que ya estaba en manos del Comité Central del Partido pasó directamente a manos de Stalin, su Secretario General. Además dio comienzo a una serie de purgas dentro del mismo Partido que acabaron, de forma más o menos discreta, con cualquier voz disidente. La unificación entre Partido y estado era un hecho, el marxismo era la única ley. De esta manera comenzó la época de las purgas, en absoluto discretas. Las necesidades económicas obligaban al continuo traslado de millones de personas hacia remotos lugares, quienes no querían participar en ello sufrían el internamiento en campos de concentración o, directamente, la muerte. Los años más duros fueron entre 1935 y 1939 con millones de muertos lo que hizo cundir el miedo entre la sociedad, pues por todas partes aparecieron los “devotos servidores” que actuaban como delatores ante el Partido.

Así pudo Stalin comenzar también una labor de represión contra cualquier atisbo de nacionalismo en el resto de las repúblicas, dejando a Rusia como verdadero eje vertebrador de la Unión Soviética y al gobierno de Moscú como único responsable de las políticas desarrolladas en el resto de gobiernos satélites.

Económicamente se impulsó una vertiginosa carrera para industrializar el país a cualquier precio. El estado era el único planificador de la economía. Comenzaron los llamados planes quinquenales, que consistían en la elaboración de unos precisos objetivos que se debían cumplir en los siguientes cinco años. Para sustentar todo el conglomerado industrial era necesaria por una parte abundante mano de obra y por otra mucho excedente agrícola. Para conseguir ambos se hizo una colectivización agraria general y se prohibió la propiedad privada de la tierra. Aunque ya existía en los años 20 se impulsó el koljós, que es un sistema de propiedad consistente en una granja o un sistema agrario colectivo controlado por estado. También surgió el sovjós, que era una granja de poder estatal.

Por estas razones los más afectados negativamente fueron los campesinos, que pasaron a constituir mano de obra barata y estaban subordinados a los planes quinquenales industriales. Además la mayoría de campesinos no quería perder sus tierras a manos del estado o en colectivizaciones que solo favorecían a los más pobres. El resultado fue la muerte de cientos de miles de campesinos y el destierro de millones de ellos a las zonas más inhóspitas de Siberia.

Sin embargo los planes económicos funcionaron, en parte debido al empobrecimiento general de la población, por lo cual la rápida industrialización de los años 30 convirtió a la URSS en la tercera potencia económica mundial tras EEUU y Alemania. Con la victoria en la 2ª Guerra Mundial Stalin legalizó aun más su poder pero tras su muerte en 1953 los siguientes dirigentes soviéticos tuvieron que intentar lavar la imagen de dictador asesino en que se había convertido.

El fascismo de Mussolini

Tras el final de la 1ª Guerra Mundial, una contienda en la que la sociedad no había querido participar, Italia se encontraba en una situación ruinosa tanto económica como socialmente, un caldo de cultivo perfecto para la aparición de los extremismos. La renta per cápita era extremadamente baja, muchas fábricas de armas habían cerrado aumentado el paro y la deuda exterior del país obligó a subir los impuestos y los precios. El resultado fue un empobrecimiento general de la población. Ante esta desesperación muchos obreros ocuparon las fábricas y pronto fueron imitados por los campesinos en las grandes posesiones agrícolas.

Mussolini en 1938. Fotografía del Archivo Federal de Alemania.

Al mismo tiempo, en 1919, Benito Mussolini fundaba, tras su expulsión del Partido Socialista, el Partido Fascista. Tras el fracaso en sus primeras elecciones, donde defendió la participación obrera en los mandos de las empresas y la desamortización de la Iglesia, su programa sufrió un profundo cambio y él mismo se alzó como único defensor del orden. Para llevar a cabo sus planes hizo uso de los fascios, escuadrillas de ciudadanos que se encargaban de atemorizar a los obreros en huelga con la indolencia del gobierno y de la policía. Además obtuvo el inmediato apoyo de las clases empresariales más acomodadas, quienes llegaron a apoyar económicamente a estas escuadras armadas.

En mitad de continuas luchas callejeras entre fascistas y obreros, en 1922 se convocó una huelga general en Italia. Ante la pasividad del gobierno las escuadras fascistas impidieron el paro de los servicios públicos, apoyadas por la burguesía y por parte de una clase obrera falta de formación y hundida en la pobreza tanto económica como moral. Para entonces el violento Partido Fascista estaba ya perfectamente organizado, sobre todo en lo referente a la lucha armada, y por ello ese mismo año se produce la Marcha sobre Roma. Ésta finalizó con la declaración del estado de sitio y finalmente con la entrega del poder a Mussolini por parte del rey Víctor Manuel III.

Cuando en 1925 Mussolini se declara culpable del asesinato del crítico socialista Matteotti, el resto de partidos se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo y abandonaron sus escaños para no volver nunca más. El dictador eliminó a la prensa no adscrita al régimen, prohibió el resto de partidos políticos e hizo de obligatoria aceptación y uso el programa fascista. En 1926 Mussolini tiene todo el poder en sus manos, incluso parte del perteneciente al Rey.

Las ideas fascistas se pueden resumir en varios puntos como la antidemocracia, pues todo está supeditado al poder de un líder o caudillo (el duce) que dirige al partido único; control intenso de los programas educativos y de los escasos medios de comunicación, pues los no pro fascistas habían desaparecido; apoyo a la economía privada, pero férreamente vigilada por el estado; un nacionalismo radical y exacerbado que soñaba con un gran imperio italiano; el desprecio al comunismo, por miedo a las ideas revolucionarias… Todo ello apoyado en una violencia paramilitar extrema donde los grupos armados campaban a sus anchas y asesinaban a todo aquel que se declaraba, o alguien lo decidía así, contrario al régimen.

Durante el gobierno fascista parte de la población actuó de manera pasiva, por lo cual la represión “oficial” no fue tan intensa como en Alemania. Mussolini mantuvo buenas relaciones con la Iglesia, en particular con el papado, propuso un incremento de la población y persiguió una política económica de autoabastecimiento.

La poca consistencia del estado fascista se vio reflejada en la sumisión cada vez mayor ante las ideas del nazismo alemán. A pesar de la imitación que los fascios hacían del despliegue publicitario hitleriano, con sus banderas, camisas negras y multitudinarias concentraciones de muchedumbres, Benito Mussolini murió fusilado en 1945, durante la 2ª Guerra Mundial, en la que participó como aliado de Hitler, y su cuerpo fue humillado públicamente por parte del pueblo italiano al que había sometido a sus aires de grandeza durante años.

El nazismo en Alemania

En 1929 la economía alemana toca fondo. El paro supera el 10%, la agricultura sufre una importante caída de los precios y la deuda exterior se disparó ante las deudas contraídas durante la Gran Guerra. El final de la llegada de capital estadounidense hizo el resto. Alemania estaba hundida también moralmente pues el Tratado de Versalles de 1919 había sido considerado como una humillación para el pueblo y la historia germanos. Los culpables de todos estos males eran la democracia debilitadora, los timoratos políticos alemanes y peligrosos países extranjeros. Al menos estas fueron las ideas sobre las cuales basó su triunfo en las elecciones de finales de 1932 el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes, presidido por Adolf Hitler. Ideas perfectamente organizadas y escrupulosamente divulgadas por el aparato de propaganda nazi, que consiguió ganarse a toda la clase media y a la burguesía alemana, además de otros descontentos con la marcha económica y social de la República de Weimar. Durante ese año se habían celebrado otras elecciones en las que ya se había manifestado el ascenso del partido hitleriano que por fin formó gobierno en enero de 1933.

Hitler en 1938. Fotografía del Archivo Federal de Alemania.

Nada más llegar al poder Hitler puso en marcha todo su populista ideario, basado en el del fascismo italiano pero con unas características propias: al igual que en la URSS o en Italia el estado era dirigido por un guía (führer) todopoderoso que además dominaba sobre el único partido político permitido, en este caso el nacionalsocialista; se practicó un control absoluto de la cultura y los medios de comunicación, que logró con intensas campañas de propaganda de su propia ideología; al igual que Mussolini era un régimen anticomunista y anticapitalista; se menospreciaba la cultura y la intelectualidad y se adoraba a la violencia fuese esta justificada o no; además tenía unas ansias expansionistas sin límite, el pangermanismo… Y en ese afán y derecho de invasión se basaba la mayor diferencia ideológica con el régimen italiano: el racismo, en el aborrecimiento y odio hacia otras razas que no fuesen la suya, la aria. Y el principal objetivo de esos odios fueron los judíos.

En 1933 el partido nazi acaba con todos los derechos constitucionales, se convocan unas elecciones totalmente adulteradas y, tras disolver al resto de partidos, Hitler proclama el III Reich (imperio). Las SS, guardia personal de Hitler, y la Gestapo, policía secreta, se ponen bajo el mando de Himmler, responsable tanto de las matanzas de los opositores al régimen (Noche de los cuchillos largos) como de los campos de concentración a donde fueron enviados miles de socialistas y de comunistas.

Con Hitler en el poder el paro se reduce por el aumento de la actividad en las fábricas de armamento y por la ampliación del reclutamiento para el ejército. Gracias al apoyo de las grandes industrias alemanas hubo una mejora general de las condiciones laborales y de la renta per cápita. A pesar de control estatal los empresarios continuaron manteniendo una alta independencia lo que unido al proteccionismo oficial se consigue trabajar en una casi total autarquía.

Hitler murió al pegarse un tiro en la cabeza el 30 de abril de 1945 y su cuerpo quemado con gasolina en el hueco dejado por una bomba rusa al lado de su bunker en Berlín. Dejó tras de sí millones y millones de muertos, unos en los campos de exterminio y otros debidos a su locura expansionista que provocó el estallido de la 2ª Guerra Mundial.

Esta época de totalitarismos en la historia europea acabó oficialmente con el final de la 2ª Guerra Mundial, pero la realidad es que durante todos los años centrales del siglo XX se desarrollaron una serie de gobiernos, en algunos casos ilegítimos, fruto de levantamientos militares, que tenían como patrón alguno de los anteriormente descritos, ese fue el caso de la Yugoslavia de Tito, la Rumanía de Ceaucescu, el Portugal de Salazar o la España de Franco.

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BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA

NÉRÉ, Jacques. Historia contemporánea, traducción de Berta Julia Brugues, Barcelona, Labor, 1977.

PALACIOS BAÑUELOS, Luis. Manual de Historia Contemporánea, Madrid, Dilex, 2003.

PAREDES ALONSO, Francisco Javier (Coordinador). Historia contemporánea, Madrid, Actas, 1993.

RIVAS, Lucía (Coordinadora), CASANOVA, Marina, GARCÍA QUEIPO DE LLANO, Genoveva, SEPÚLVEDA, Isidro. Historia Contemporánea (Grado de Historia del Arte), Madrid, Universitas, 2010.

es.wikipedia.org

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