Hans Holbein el Joven, Retrato de Enrique VIII

Retrato de Enrique VIII de Inglaterra, Hans Holbein el Joven, c. 1537, óleo sobre tabla, 28 x 20 cm, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, España.

Cuando Hans Holbein el Joven (c. 1497-1543) en un impreciso día entre los años 1534 y 1536 pintó el retrato del rey de Inglaterra Enrique VIII, todo su mundo, vital y artístico había dado un vuelco. A la vez que lo había dado, también, la sociedad centro-europea en general y la inglesa en particular. Su arte había conseguido en sí mismo la unión estética perfecta, al mezclar su estilo gótico tardío con la influencia italiana o el humanismo renacentista.

Si por algo es recordado Holbein es por sus precisos retratos. Sin embargo los primeros que realizó estaban influenciados estilísticamente por la visita que había hecho a Italia. De ejemplo sirve el que pintó de su mecenas Erasmo de Rotterdam el año 1523 en la ciudad suiza de Basilea. En este caso Holbein únicamente con el rostro, la mirada y el gesto nos describe al retratado.

En 1526 realiza su primer viaje a Inglaterra y, recomendado por Erasmo, entra en el círculo humanístico aunque católico de Tomás Moro, persona muy influyente que más tarde sería nombrado Lord Canciller por Enrique VIII. Mientras esto ocurre Holbein retorna a Basilea, pero la crispada situación social, con la Reforma luterana en pleno apogeo, y la falta de trabajos dignos para él le hacen volver a Inglaterra en 1532. Allí se encontrará con el primer gran vuelco de su vida. Tomás Moro, caído en desgracia por su oposición a la separación del rey, será ejecutado en 1535. Holbein, para aquel entonces, ya se había alejado del círculo humanista, algo que le recriminó Erasmo: “Decepcionó a quienes él había sido recomendado”. Comenzó a trabajar para la corte y fue nombrado Pintor del Rey en 1536.

Es en esta segunda etapa inglesa cuando fija su estilo más característico de retrato y pinta sus obras más importantes. Si bien el realismo con que trata a sus personajes puede rastrearse ya en una obra de juventud como Cristo en el sepulcro, de 1522. El modelo, un cadáver, representa toda la crueldad, sequedad y frialdad: “Es tanto su feroz naturalismo que se hace difícil imaginar la resurrección de aquel cadáver” (1).

En la reluciente corte de Enrique VIII, en plena lucha por el control de la iglesia inglesa, Holbein pinta a la nobleza y a la realeza, con retratos de gran precisión que constituyen agudos recuerdos de las personalidades. En un principio estos retratos se alejaron de aquel primero de Erasmo. Ahora sus cuadros se llenan de simbolismo. En algunos casos Holbein no parece ajeno a la melancolía de Durero o al sentimiento barroco de la muerte, aún por llegar. La culminación de todo este derroche simbolista lo supone Los embajadores, pintado en 1533. Para él la apariencia física no era suficiente, por ello cubría los cuadros de simbolismos y referencias escondidas.

Es posible que el segundo vuelco al que me refería al principio se observe en el cuadro que nos ocupa. El simbolismo ha desaparecido. Solo están el Rey y un fondo azul, lejos queda la perspectiva, o la estancia que rodeaba al personaje. Únicamente las ropas nos hablan de riqueza. Aunque siguen presentes el detallismo de la piel o las texturas del tejido Holbein no deja de lado la dignidad de su retratado. Le da una dimensión humana que es característica del Renacimiento.

En este retrato de Enrique VIII el rey aparece expresando toda la grandeza de su poder. Pero no necesita más artilugios que su gesto, su mirada, su única presencia es el símbolo de lo que refleja: el hombre y su mundo.

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NOTAS

(1) PIJOÁN, José, “Summa Artis, Vol. XV”, El Arte del Renacimiento en el norte y el centro de Europa, Madrid, Espasa-Calpe, 1998, pág. 619.

BIBLIOGRAFÍA

GARCÍA MELERO, José Enrique y URQUÍZAR HERRERA, Antonio, Historia del Arte Moderno: Renacimiento, Madrid, Editorial Universitaria Ramón Areces, 2010.

PIJOÁN, José, “Summa Artis, Vol. XV”, El Arte del Renacimiento en el norte y el centro de Europa, Madrid, Espasa-Calpe, 1998.

SUREDA, Joan, “Historia Universal del Arte, Vol. VI”, El Renacimiento II y Manierismo, Alemania y países germánicos, Barcelona, Planeta, 1999.

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