El mecenazgo artístico de Madame de Pompadour

En febrero de 1745 el rey Luis XV de Francia (1710-1774) dio un gran baile de máscaras en su palacio real. Una de las invitadas era una joven y hermosa chica con el rostro como un óvalo y la boca pequeña en forma de corazón, siguiendo los cánones de belleza que por aquel entonces estaban en boga. El Rey, “enamoradizo” como pocos, cayó rendido ante la hermosa joven y decidió convertirla en “favorita real”, en la maitresse. En el invierno de 1751 finalizaron sus relaciones íntimas, pero aquella bonita joven continuó siendo la predilecta de su Majestad durante los siguientes quince años.

Jeanne-Antoinette Poisson (1721-1764), marquesa de Pompadour entre otros muchos títulos regalados por Luis XV, tenía 23 años cuando conoció al Rey en aquel baile. Estaba casada con Charles-Guillaume Le Normant d’Étiolles y era madre de una niña, Alexandrine. Pese a todo ello decidió participar en el juego de seducción que le propusieron los banqueros Pâris y así, junto a otros conocidos, hacerse fuertes en el área de influencia del rey francés.

De esta manera la Pompadour llegó a acaparar una gran dosis de poder y de influencia, al principio únicamente sentimental, en todo lo relacionado con los asuntos regios, incluso en la política que debía desarrollar el monarca. Uno de los episodios más importantes tuvo lugar con la Guerra de los Siete Años, tras la cual Francia perdió la mayor parte de sus colonias en Norteamérica.

De forma paralela, toda esta serie de circunstancias tuvieron una repercusión prácticamente inmediata en el desarrollo del arte del siglo XVIII, particularmente en el entorno de París, en el sur de Alemania o en Viena, y una de los culpables de ello fue Madame de Pompadour.

Por definición el estilo que ocupa los años centrales del setecientos es el Rococó, adorado y vilipendiado a partes iguales hasta nuestros días. Pero el Rococó no es más que el reflejo de su época. Una época de galantería, de placer, de juego… La sociedad del Rococó, sobre todo la parisina, quiso y encontró evasión en los sencillos juegos, en los desmesurados ropajes o en el voluptuoso sexo, pero también en el teatro, en la música, en la literatura y, sobre todo, en la alta cultura y todas las manifestaciones de la misma.

La marquesa de Pompadour no solo no era ajena a todo el movimiento cultural que se desarrollaba a su alrededor sino que participó activamente en él, aprovechándose de los recursos tanto materiales como intangibles que el Rey había puesto a su disposición. Fue una elocuente defensora de todos aquellos que trabajaron en la Encyclopédie, editada entre 1751 y 1772 y que debemos verla como una monumental obra resultado de su tiempo. Uno de sus directores fue el filósofo Denis Diderot (1713-1784), protegido y apoyado en la corte por un grupo de renovadores entre los que se encontraba la favorita real. Incluso iconográficamente manifestó la marquesa su apoyo a los enciclopedistas y lo que estos representaban: en uno de los famosos retratos que de ella se conservan, en uno pintado por Maurice Quentin de La Tour (1704-1788), aparecen tras ella varios tomos de la Enciclopedia (Lám. 2).

Cuando en 1717 el pintor Antoine Watteau (1684-1721) entregó en la Academia la obra El embarque hacia la isla de Citera, se inició una nueva época en la pintura, se había inventado de la fête galante, instaurado como género desde entonces. Según la mitología clásica Citera o Citerea fue la primera tierra que pisó la diosa Venus y por ello es la tierra del amor, al menos para la alta sociedad francesa.

Watteau murió joven, pero dejó una larga lista de continuadores como Jean-Baptiste Pater (1695-1736) o Nicolas Lancret (1690-1743). Sin embargo el pintor que dejó como legado toda una serie de “pinturas galantes”, aunque con un estilo más “afeminado” que las Watteau, fue el principal protegido de la Pompadour: François Boucher (1703-1770), cuyas amaneradas formas artísticas encajaban perfectamente en la recargada decoración de las pequeñas estancias privadas de los palacios. De su relación con la marquesa surgieron numerosas obras de diversos géneros: en un principio tenían como tema principal la mitología y en concreto la historia de Venus, un buen ejemplo es La toilette de Venus del Metropolitan de Nueva York (Lám. 14); otra temática muy del gusto de la marquesa eran las escenas de niños haciendo prácticas de adultos: Las Artes y Ciencias (Lám. 15) y tampoco faltaban los motivos religiosos, como El descanso en la huída a Egipto (Lám. 16).

Pero se trataba de una sociedad narcisista, por ello el género del retrato era altamente solicitado. Estos retratos debían cumplir una premisa esencial: el modelo tenía que aparecer seductor y, cómo no, agraciado. Boucher pintó numerosos retratos para la Pompadour (Láminas 1, 5, 6 y 8), pero en ellos no destaca precisamente el estudio interior de la personalidad del personaje, sino que se centró más en la adulación, en el enaltecimiento de una retratada que aparece rodeada de toda clase de lujos y en pintorescas e inexpresivas poses, las cuales le sirvieron de modelo para otros retratos como el de Madame Bergeret (Lám. 17), aunque aun hoy en día se discute sobre la verdadera identidad de la retratada. Boucher fue un pintor de éxito incluso tras la muerte de la marquesa de Pompadour, pero no fue el único al que ésta ayudó, en la larga lista de protegidos y recomendados encontramos al ya nombrado Maurice Quentin de La Tour, cuyo retrato de la favorita es un buen ejemplo del detallismo que caracteriza su obra (Lám. 2); Jean-Marc Nattier (1685-1766), quien se especializó en retratar a sus modelos con ropajes que aludían a la mitología clásica (Lám. 3); Charles-André van Loo (1705-1765), poseedor de una extraordinaria calidad técnica y gran rival de Boucher (Lám. 7) o el grabador Charles-Nicolas Cochin (1715-1790), participante en la Encyclopédie (Lám. 18). Incluso cuando ya su belleza y su vivacidad fueron perdiendo fuerza continuó retratándose, como en el cuadro de François-Hubert Drouais (1727-1775), finalizado en el mismo año de su muerte y donde el pintor opta por colocar a la ya señora en un entorno íntimo y dedicada a una actividad cercana a la sencillez cotidiana de una vida tranquila, alejada hacía tiempo de las turbulencias de la corte (Lám. 4).

En general a la pintura de este periodo se la suele acusar de “ilustrativa”, de que está empeñada más en mostrar las cualidades técnicas del artista, normalmente heredadas por tradición familiar, que en hacer aflorar los sentimientos o en intentar renovar los temas y las formas artísticas.

Pero seguimos hablando de un tiempo donde el hedonismo es doctrina, donde incluso mentes como la de Diderot consideran que el lujo puede ser ingenuo siempre y cuando esté al servicio del placer, pero no cuando lo hace a la ostentación. En ese mundo epicúreo en el que se movían la Pompadour y sus protegidos no es de extrañar que la marquesa plantase flores de porcelana durante los inviernos en el parterre de su pequeño castillo de Bellevue. Esta anécdota nos lleva hasta otra de las grandes pasiones de la aristocracia del siglo XVIII en general y de la Pompadour en particular: las artes industriales. Se dice que tras su muerte el inventario de bienes acumulados en sus casas necesitó de dos notarios y de un año para completarlo.

Uno de los materiales que vivió su edad dorada en esos años fue la porcelana. Madame de Pompadour se involucró personalmente en el mantenimiento y expansión de la fábrica de Vincennes, fundada en 1738 y trasladada a Sèvres en 1756. Con el apoyo de la marquesa la fábrica de porcelana vivió unos años de esplendor que se vio acompañado por el trabajo de artistas, como François Boucher, que diseñaron plantillas para las pequeñas esculturas que salían de los hornos o que influyen en ellas con sus obras (Lám. 9). A partir de 1752 las reproducciones escultóricas tienden a realizarse con la técnica del biscuit, que es una porcelana sin esmaltar y sin colorear, para diferenciarla de la que se estaba haciendo en Alemania, pintada con brillantes colores y muy de moda en aquellos tiempos.

El apoyo de la Pompadour a la fábrica de Sèvres se vio ilustrado también con el nombramiento en 1757 de un nuevo director del taller de esculturas: Etienne-Maurice Falconet (1716-1791). Seguramente una de las razones para este nombramiento fue que las esculturas de Falconet estaban influenciadas por la obra de Boucher, exquisita y delicadamente carnal, es decir, muy del gusto de la favorita del Rey.

Sin embargo el trabajo de Falconet no se ciñó únicamente a la creación de modelos para Sèvres (Lám. 13), como sus famosos enfants, sino que también realizó obras de mayor tamaño en las que deja ver su gusto y su idea estética de la escultura, muy en consonancia con las preferencias que también triunfaban en la pintura:

“La escultura es enemiga, en fin, de los contrastes demasiado complicados en la composición, así como de la distribución afectada de las sombras y de las luces.” (1)

Si bien es cierto que Falconet era el escultor preferido de la Pompadour, la realidad es que una de las obras más importantes patrocinadas por la marquesa es El amor abrazando a la amistad (Lám. 11), la cual es obra de Jean-Baptiste Pigalle (1714-1785), un artista que intentó alejarse de la moda, de las pequeñas esculturas hechas para los reducidos petits appartements tan en boga y para ello mantuvo unas formas más barrocas, más cercanas a los contrastes lumínicos que tanto aborrecía Falconet. Se suele comentar que esta escultura es una metáfora de las relaciones entre la Pompadour y Luis XV: el paso de la relación amorosa y sexual a la amistad que mantuvieron hasta la muerte.

El escultor Falconet abandonó la dirección de la manufactura de Sèvres en 1766, cuando, por influencia de Diderot, fue llamado a la corte de Catalina II de Rusia, llamada Catalina “la Grande” (1729-1796). Esta emperatriz fue, al igual que Madame de Pompadour, una gran protectora de la cultura en todas sus vertientes, y consiguió que filósofos y artistas la rodearan continuamente. El museo del Hermitage en San Petersburgo fue, en un principio, construido para albergar su inmensa colección de obras de arte, aunque pronto se quedó pequeño. Bajo su reinado elaboró Falconet una de sus mejores esculturas: la Escultura ecuestre de Pedro “el Grande”, en San Petersburgo (Lám. 18).

Como ya se ha dicho, el gusto por la “artes menores” fue una constante durante el periodo Rococó, por ejemplo la Pompadour tuvo entre sus protegidos a Jean-François Oëben (1721-1763) un ebanista de enorme prestigio. Todos esos muebles y objetos de porcelana estaban destinados a rellenar las pequeñas habitaciones de los palacios, ya recargados de por sí, con múliples marcos dorados y paneles pintados de colores que cubrían las paredes. Esta forma de decoración tuvo su influencia en la arquitectura. Las habitaciones debían adaptarse al uso para el que se habían concebido y comenzó a distinguirse entre la recepción de invitados o los comedores en el primer piso y los lugares privados en el segundo, el piano nobile renacentista. En esta línea diseñó Ange-Jacques Gabriel (1698-1782) el Pequeño Trianón si bien en este trabajo incluyó numerosos clasicismos (Lám. 10). Aunque la obra fue encomendada por Luis XV, la verdadera impulsora de esta pequeña obra maestra fue la Marquesa de Pompadour, quien no llegó a verlo construido. Todo el recinto fue aprovechado más tarde por el rey Luis XVI y su esposa María Antonieta. La marquesa también participó activamente en otra de las grandes obras de Gabriel: el diseño de la plaza de Luis XV, hoy llamada plaza de La Concordia en París.

Tras la prematura muerte de su hija Alexandrine, con solo nueve años, la marquesa se fue apartando cada vez más de las intrigas palaciegas, recogiéndose en su petit appartement de Versalles, donde murió un 15 de abril a los 42 años. Se dice que el Rey, apesadumbrado por no haberle hecho un homenaje a su querida amiga, ante el paso del cortejo fúnebre dijo: “He aquí lo único que he podido hacer por ella” (2).

A pesar de las muchas fábulas que, aun hoy, rodean a la figura de la marquesa de Pompadour, es inevitable no admirarse por su trabajo en todos los órdenes de la cultura, desde el apoyo sin fisuras a la Encyclopédie hasta su mecenazgo sobre artistas, escritores o actores. Fue una de las instauradoras de la “conversación erudita” en un mundo que, a pesar de su aparente frivolidad, era capaz de generar las más altas cotas de belleza artística, siempre supeditada, eso sí, al placer de todos los sentidos.

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NOTAS

(1) Falconet, E.M., Reflexiones sobre la escultura, 176, en RAMALLO, G.: Barroco y Rococó: escultura y “artes menores”, en RAMÍREZ, J. A. (Director): “Historia del Arte. La Edad Moderna”, Madrid, Alianza Editorial, 2008.

(2) DUFORT DE CHEVERNY, J.-N., Mémoires, París, Librairie Académique Perrin, 1990.

BIBLIOGRAFÍA

BAZIN, G.: Barroco y Rococó, Barcelona, Destino, 1992.

BUGGELLI, M.: La Pompadour, favorita real, Barcelona, Iberia, 1992.

MINGUET, P.: Estética del Rococó, Madrid, Cátedra, 1992.

RAMALLO, G.: Barroco y Rococó: escultura y “artes menores”, en RAMÍREZ, J. A. (Director): “Historia del Arte. La Edad Moderna”, Madrid, Alianza Editorial, 2008.

VIÑUALES GONZÁLEZ, J.M.: Historia del Arte Moderno, vol. III: El Barroco. Madrid, UNED, 2007.

WEBGRAFÍA

es.wikipedia.org

fr.wikipedia.org

sevresciteceramique.fr

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