Maquiavelo y “El Príncipe”

MAQUIAVELO, Nicolás: El Príncipe, 1513. Capítulo XXI, De lo que debe hacer el príncipe para ser estimado.

“(…) Un príncipe debe también mostrarse admirador del talento, acogiendo a los hombres virtuosos y honrando a los que sobresalen en algún arte. Además debe animar a sus conciudadanos para que puedan ejercer pacíficamente sus actividades, ya sea en el comercio, en la agricultura, o en cualquier otra actividad humana (…) Debe además de todo esto entretener al pueblo, en las épocas convenientes, con fiestas y espectáculos. Y ya que cada ciudad está dividida en corporaciones o en barrios, debe tener en cuentas estas colectividades; reunirse con ellas de vez en cuando, dar ejemplo de humanidad y munificencia, teniendo siempre asegurada, no obstante, la magnificencia de su dignidad, porque esto no puede faltar nunca en cosa alguna.”

El pensamiento y la obra de Nicolás Maquiavelo (1469-1527) están ligados irremediablemente a su ciudad, Florencia. Durante su vida Maquiavelo sufrió en sus propias carnes los avatares sociales y políticos de aquella: la gloriosa época de Lorenzo de Médici “El Magnífico”, con una ciudad en pleno apogeo de su esplendor; la caída en desgracia de esta familia, tras la muerte de Lorenzo en 1492; y su posterior regreso al poder en 1512, cuando Maquiavelo fue apartado de toda labor política. Estas circunstancias marcaron sin duda alguna toda la obra de Maquiavelo y sobremanera la que nos ocupa, El Príncipe.

Cuando Maquiavelo escribió su libro en 1513, se encontraba alejado de la política activa florentina. Apartado por los Médici vivía aislado en el campo, pero aun así era capaz de vislumbrar los peligros que se cernían sobre la ciudad toscana. Uno de esos peligros, sino el más importante, era el nacimiento de grandes potencias como España o Francia que amenazaban la amada independencia de las pequeñas ciudades principescas italianas. Por ello El Príncipe ha de verse como un conjunto de consejos no para una persona en particular, sino para un príncipe que fuera capaz de protegerla de posibles invasores. Aunque es cierto y es de suponer que las dos personas a quienes dedicó su libro fueron los hermanos Lorenzo y Juliano de Médici. Estos dos dirigentes reunieron de alguna forma las ideas del gobernante que Maquiavelo defiende en El Príncipe y que, curiosamente, reflejó con extraordinaria maestría Miguel Ángel Buonarroti en los retratos que de ambos hermanos realizó para la Sacristía Nueva de San Lorenzo en Florencia, a pesar de dejarlos incompletos antes de su definitiva partida hacia Roma en 1534. Así aparece Juliano con el bastón de mando y rostro resuelto: el dirigente que no vacila y que maneja cuestiones prácticas; y Lorenzo, pensativo, nostálgico y reflexivo: el gobernante que actúa imbuido por el pensamiento [1].

A. Durero, El caballero, la muerte y el diablo, 1513. Grabado al buril sobre plancha de metal, 25 x 19 cm. París, El Louvre.

A. Durero, El caballero, la muerte y el diablo, 1513. Grabado al buril sobre plancha de metal, 25 x 19 cm. París, El Louvre.

Estos consejos fueron escritos por Maquiavelo siguiendo las pautas impuestas por las nuevas ideas humanistas, es decir mediante la observación psicológica de los hombres, de la misma forma que un naturalista examina la naturaleza consiguiendo reconocer el orden natural. Maquiavelo entendía que podía llegar a conocer al hombre para que el buen gobernante, el buen príncipe, fuera capaz de conducir el estado en aquellos tiempos de crisis.

El Príncipe no pretendía en modo alguno ser una obra filosófica, sino un manual práctico. De todos los consejos contenidos en el libro se deduce un cambio de pensamiento respecto al hombre en general y al gobernante en particular. La llamada ética pasa a un segundo plano y la idea aristotélico-cristiana, según la cual existe un ser superior que rige lo creado -aunque Aristóteles llegase a esta conclusión por medio del razonamiento-, que había regido durante la Edad Media comenzaba a ser cuestionada. De esta manera Maquiavelo rompió con toda una tradición, al ver lo humano como algo natural y no divino, separando así por primera vez el poder de la religión. De la lectura de El Príncipe se llega a la conclusión de que, para Maquiavelo, únicamente existía una doctrina: Florencia, por ello todo lo que llevase a la prosperidad de la ciudad sería bueno.

El príncipe maquiavélico debe orientar toda su labor hacia el bien del estado y para conseguirlo debe ser desalmado y no compasivo, tampoco ha de ser magnánimo ni honrado, sino mezquino y mentiroso. Para ello ha de saber cómo opera el ser humano, un ser humano que, en principio, siempre es malo, es asesino, pues así funciona la propia naturaleza humana. Maquiavelo pensaba que si el buen gobernante tratase a todos sus súbditos como buenas personas, bastaría que uno de ellos no lo fuese para hundir el estado.

Esta supuesta dureza del gobernante maquiavélico puede resumirse en una frase:

Es mejor ser temido y odiado que solo amado.

Pero Maquiavelo distingue perfectamente entre la figura del tirano y la del buen gobernante. Por ello pienso que en esta obra el autor no está elogiando al autócrata que en muchas ocasiones se presenta ante el pueblo como un lobo disfrazado de cordero, sino al buen príncipe que lo hace con un perfecto y elaborado disfraz de zorro. El príncipe que se encuentre bajo ese disfraz tiene permiso para hacer todo lo que sea necesario, siempre y cuando ese todo tenga como fin conseguir el bien del estado. De nuevo comprobamos que esta forma de trabajar es calculada, pero en absoluto ética.

En la obra de Maquiavelo se confirma que su pensamiento se desarrollaba, por un lado como una reflexión política y por otro como una meditación poética. Por una parte nos encontramos al político que juzga los hechos sin ninguna preocupación de orden moral; mientras que el poeta se evade fuera de la realidad. Por ello mezcla el mito del salvador que unificará Italia, con el ideal de la antigua Roma, el dictador que salvará al pueblo. En esa línea se sitúa la defensa de las apariencias que continuamente aparece en El Príncipe.

Creo que el gobernante de Maquiavelo no tenía que ser un vil tirano, sino que debía estar más cerca del déspota ilustrado posterior, modelo de príncipe que prácticamente se prefigura en esta obra. Ese gobernante, aunque sea temido, debe cuidar de su pueblo, estar cerca de él y darle aquello que ruegue o necesite. Debe cuidar del arte y de sus ejecutores los artistas; por lo que es imprescindible que embellezca su ciudad y logue hacerla más confortable para el disfrute de sus pobladores y para admiración de los forasteros; y debe, además, dar muestras de humanidad admirando el talento, pero no han de ser muestras de debilidad. Para ello el príncipe tiene que actuar sin titubear, de forma resuelta y osada, aunque no temeraria.

Si cumplía estos últimos requisitos el príncipe lograría pingües beneficios para el estado. Debemos recordar que el tirano es egoísta, pero el príncipe de verdad no lo es, todo lo ha de repercutir en el estado, no en sí mismo. Por ello un pueblo que esté contento siempre estará del lado de su gobernante, aunque para ello en ocasiones el príncipe se vea obligado a mentir o a ser cruel, y una de las formas de conseguir su felicidad es, sin duda, el arte y la libertad para crearlo.

Dice Maquiavelo:

Un príncipe debe (…) dar ejemplo de humanidad y munificencia, teniendo siempre asegurada, no obstante, la magnificencia de su dignidad, porque esto no puede faltar nunca en cosa alguna.

Creo que esa dignidad se refiere no solo a la persona corporal del príncipe, sino a todas las creaciones del hombre y, dentro de ellas, algunas de las más importantes como son las artísticas.

También se le atribuye a Maquiavelo una frase que en realidad parece ser nunca pronunció:

El fin justica los medios.

Si bien es cierto que esas palabras pueden desprenderse tras una primera y ligera lectura de El Príncipe, lo cierto es que Maquiavelo siempre deja claro que ese fin no es para un ególatra, sino que ese fin ha de estar incluso por encima de la religión, pues la única religión que Maquiavelo comprendía se llamaba Florencia.

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CORRECCIONES

[1] Confusión entre los Medici, lo cual es lógico dada la repetición de nombres en esta familia. Los personajes retratados por Miguel Ángel en las famosas tumbas de la Sacristía Nueva de Florencia fueron Lorenzo II de Médici duque de Urbino, nieto de Lorenzo el Magnífico, a quien está dedicada la obra de Maquiavelo, y su tío Juliano II de Medici, hijo de Lorenzo el Magnífico y duque de Nemours. No eran hermanos, por lo tanto. Sí lo fueron Lorenzo del Magnífico y Juliano de Médici, para quienes también se había proyectado una sepultura monumental que no se realizó a consecuencia la marcha de Miguel Ángel a Roma. (Corregida por Mercedes Pérez Vidal, UNED Asturias)

BIBLIOGRAFÍA y WEBGRAFÍA

CÁMARA MUÑOZ, A., GARCÍA MELERO, J. E. y URQUÍZAR HERRERA, A.: Arte y poder en la Edad Moderna. Madrid, Editorial Universitaria Ramón Areces, 2010.

C. WIRTZ, R. en colaboración con MANENTI, C.: Florencia en “Arte y Arquitectura”. Barcelona, Könemann, 2000.

MARCU, V.: Maquiavelo, la escuela del poder, traducción de IZQUIERDO, J. L. Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1945.

TENENTI, A.; Florencia en la época de los Médicis, traducción de MIRETE, I. Barcelona, Península, 1974.

es.wikipedia.org

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